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España podría ahorrar más de la mitad en iluminación exterior

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España es el país de la Unión Europea que más energía consume en alumbrado público: unos 118 kilowatios hora al año, frente a los 90 kwh/año de Francia o los 48 kwh/año de Alemania. Y eso que en las estadísticas oficiales no se incluye la iluminación ornamental, orientada a los monumentos o edificios públicos, y que también suponen un gasto importante, especialmente en las grandes ciudades.

Alumbrar las calles y carreteras cuesta anualmente a los ciudadanos 450 millones de euros, una cifra que podría reducirse a la mitad, o incluso más, con una planificación adecuada. Con ella, se evitarían otros daños de este consumo excesivo, como por ejemplo, la contaminación lumínica.

Contaminación lumínica en las ciudades de Zaragoza (izquierda) y Madrid (derecha)- (ESA / NASA)

Según el grupo de estudio de Contaminación Lumínica del Departamento de Astrofísica y Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Complutense de Madrid, se considera que existe contaminación lumínica cuando se iluminan innecesariamente determinadas zonas. Alejandro Sánchez de Miguel, miembro de este grupo de estudio, asegura que no hay lugares en España libres de este tipo de contaminación. Ni siquiera las zonas rurales lo están, porque el halo luminoso de las grandes ciudades se propaga a lo largo de cientos de kilómetros. Así, señala Alejandro Sánchez, el resplandor de Madrid se detecta incluso a 250 kilómetros de la capital; o el de Barcelona, puede divisarse desde las islas Baleares.

Los efectos de la contaminación lumínica

Entre las consecuencias más directas de este tipo de contaminación está el despilfarro de energía eléctrica y el elevado gasto público que ello conlleva. También habría que destacar los efectos medioambientales negativos, puesto que el exceso de luz por la noche impide la destrucción de las partículas contaminantes del aire. El dióxido de nitrógeno y sus derivados se desintegran mediante una reacción química que depende mucho del nivel de oscuridad. La luz impide que, durante la noche, se destruya hasta un 5% de partículas contaminantes. Por lo tanto, a mayor contaminación lumínica, mayor contaminación ambiental. Además, la contaminación lumínica provoca que muchas especies animales, sobre todo las aves, se desorienten o modifiquen sus comportamientos.

Tampoco habría que perder de vista otros efectos de una iluminación mal planificada, como la que existe en la actualidad. Por ejemplo: problemas de seguridad en las carreteras. Hoy en día existen muchas vías que se encuentran prácticamente a oscuras en las que, de pronto, aparecen focos muy potentes de estaciones de servicio o de áreas de descanso que pueden causar pérdida de visión temporal en los conductores. Por otra parte, también es un riesgo tener carreteras en las que se derrocha la iluminación, porque se genera un exceso de confianza en quienes se encuentran al volante y puede alentar de forma inconsciente un aumento de la velocidad del vehículo.

Un efecto más de la contaminación lumínica es la destrucción del cielo como patrimonio de todos, como recurso natural y, también como recurso económico. Hay lugares que utilizan la observación astronómica como una manera de generar riqueza a través del turismo. Esta opción se pierde, cuando la iluminación impide algo tan simple como ver las estrellas. Alejandro Sánchez de Miguel asegura que no podemos resignarnos a que el único cielo nocturno que conozcan los niños que viven en las ciudades, sea de color naranja. Además, recuerda que en España, y debido a la contaminación lumínica, muchos astrónomos se están viendo obligados a desplazarse o a emigrar para poder realizar determinadas investigaciones.

La tecnología LED, por sí sola, no soluciona el problema

El Gobierno ha anunciado, dentro del plan de ahorro energético aprobado por el Consejo de Ministros el pasado 4 de marzo, que piensa cambiar de aquí a cinco años las lámparas de las vías públicas por otras de bajo consumo. Pero, ¿es el alumbrado LED (diodo de emisión de luz) la solución global? En principio, los expertos de la Universidad Complutense de Madrid creen que no.

Estas bombillas tienen algunas ventajas, como su inmediata respuesta (tardan menos de un segundo en iluminar, frente a los más de diez minutos que necesitan las actuales lámparas de vapor de sodio), o su vida útil, cinco veces superior a la de las bombillas que ahora se utilizan. Sin embargo, las luces con tecnología LED tienen una eficiencia energética ligeramente menor que las de vapor de sodio. El LED reduciría el consumo, pero también la potencia. Es decir: si únicamente se cambia la bombilla, habría menos contaminación lumínica, pero porque la normativa actual no permite el derroche. Sin embargo, eso no significaría que se estuviera alumbrando mejor. De hecho, para conseguir la misma iluminación con una lámpara LED que con las bombillas actuales, sería necesario un mayor consumo de energía.

Hay un dato importante que aporta la Asociación contra la Contaminación Lumínica “Cel Fosc” (Cielo Oscuro). Según esta asociación, está demostrado que la luz blanca de los LED que se comercializan en la actualidad es muy nociva para la salud humana. Estas lámparas emiten una gran cantidad de radiación en longitudes de onda corta, próximas a los 440 nanómetros. Se trata de la luz que más altera la conducta de las especies de vida nocturna, y provoca en el ser humano la inhibición de la secreción de la hormona de la melatonina, que sólo se genera en condiciones de oscuridad. Es la hormona encargada de controlar el ritmo cardiaco, y un antioxidante que protege al organismo frente a las alteraciones degenerativas y contra ciertos tipos de cáncer.

Lo ideal es la planificación

Para saber si la iluminación de una farola es buena o mala, deberíamos situarnos a unos veinte o treinta metros de distancia. Si, desde ese lugar, podemos ver la bombilla, quiere decir que se está derrochando energía porque, en realidad, la cantidad de luz que llega hasta esa distancia es muy poca. En muchos lugares hay farolas que iluminan hacia arriba, o que no utilizan cristales totalmente transparentes, algo que no tiene ningún sentido.

Conseguir farolas que reduzcan el consumo energético y que logren una menor contaminación lumínica y ambiental puede resultar caro al principio, aunque sea una inversión amortizada para el futuro. La instalación ideal sería la que envíe al suelo el 100% de la luz, sin emitir nada hacia arriba. En caso de utilizar lámparas LED, lo idóneo sería que fuesen de color amarillo y no blanco. Además, debería establecerse un sistema de eficiencia que adecúe la iluminación al uso real del entorno. Sería algo similar a lo que hacemos en nuestras casas: colocamos las lámparas donde las necesitamos y, cuando no las necesitamos, las apagamos. Es lo que hacemos al usar una linterna: apuntamos sólo hacia el lugar que queremos iluminar, y no en todas direcciones.

La tecnología actual permite trasladar esa eficiencia a las calles. La iluminación inteligente es un proyecto innovador en la Unión Europea. Curiosamente, y a pesar de que España es el país comunitario con mayor consumo de energía por habitante, no participa en dicho proyecto.

Fuente: Cadena Ser

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